Últimamente no hago más que reseñas de cuentecillos en inglés, ¿verdad? Pero es por el aburrimiento y porque Tomi todavía no me ha prestado el ejemplar de Juego de Tronos, prometo volver a las reseñas de novelas gordas enseguida. De hecho tengo pendiente la de Los viajes de Tuf, pero como se lo he prestado a Ki, no tengo el libro para extraer una cita.
Eso me recuerda que tengo que pedirle que me deje Maestro cantor. Hum.
Bueno, al lío.
«He had to have something in his life besides a job, didn't he? Like Arbus, who'd shot models for a living and in her spare time went looking for freaks. Maybe she needed that, after overdosing on glamour all day. Maybe in his case, after the brutal repetitive ugliness of his day-today—dead junkies and hold-up victims who were a bit too slow (or low) with the cash—he needed something a little fantastic, something beautiful, like that silver glow he'd glimpsed on the surface of Arbus's bath, like the first rays of a silver sun about to rise, a hint of imminent revelation»
Llevo bastante tiempo leyendo a Marc Laidlaw. Es curioso, porque es bastante conocido en el mundillo de los videojuegos como guionista. Y yo conozco y adoro su creación más famosa. Y, sin embargo, cuando empecé a leerle, y aunque ya conocía Half-Life, yo no sabía que el autor de aquellos relatos breves (siempre he sentido debilidad por los cuentos y las historias cortas) que tanto me gustaban era precisamente guionista del único juego de acción y tiros (y mucho más que eso) que realmente me ha gustado. De hecho, el título The 37th Mandala me era familiar, aunque aquí en España fue editado precisamente por una editorial de mi ciudad que resultó ser de reputación dudosa, por decirlo de forma suave.
Y me gusta porque tiene imaginación. Y porque sabe contar historias al estilo de los Mitos de Lovecraft con su propia voz. Tal vez no sea el mejor escritor moderno de ciencia ficción y de terror que he leído, pero creo que es muy bueno. Al menos, en mi lista personal, está entre los top ten.
Este cuento empieza con un suicidio. O, más bien, con el registro policial del lugar del suicidio. Una fotógrafa de moda llamada Diane Arbus se ha suicidado en la bañera de su casa hace dos días, pero no han encontrado el cuerpo hasta ahora. Y Brovnick, el fotógrafo de la policía, es el encargado de fotografiar el lugar del suceso. A Brovnick le gusta la fotografía, pero le gusta más el trabajo policial. Sin embargo, al ver las fotografías que Arbus tiene en su domicilio (trabajo personal, nada de fotografías de modelos glamourosas), empieza a comprender que la fotografía le importa más de lo que pensaba. Lo cual causa que se tome la investigación con un poco más de celo y de implicación personal de lo que es habitual en él. La situación, además, es un poco sórdida, porque existen rumores entre la prensa acerca de la existencia de fotos del suicidio; fotos que de alguna manera la mujer consiguió sacar, ya fuera con disparador automático o con ayuda de terceros.
Y hasta aquí se puede contar; que para eso es un relato corto.
Yo no sé mucho de fotografía (mis pinitos se reducen a una cámara digital de batalla que me regaló mi hermano las pasadas Navidades), pero bueno, realmente esto no es lo importante del relato. No sé muy bien por qué, tal vez sea por ese delgado velo que separa la realidad de la fantasía, pero me ha recordado a Paul Auster. No tienen nada que ver el uno con el otro (son distintos, escriben sobre temas distintos, y tienen un estilo completamente diferente), pero me ha venido a la cabeza El libro de las ilusiones. Tal vez debería decir que, en este caso, Auster me recuerda a Laidlaw, ya que El libro de las ilusiones es casi 10 años posterior al relato breve.
Me gustan mucho las historias que mezclan realidad y ficción, y si están escritas de forma sencilla (que no simple) y directa, mucho mejor. Tal vez eso explique por qué me ha gustado tanto este relato.







Escribe un comentario